Rubén Darío: masón, conciencia, símbolo y destino de América

Rubén Darío no fue únicamente el artífice de una revolución estética ni el orfebre verbal que dio a la lengua española un nuevo temblor musical, fue, sobre todo, un hombre situado en la encrucijada histórica de América Latina, consciente , a veces dolorosamente, de la fragilidad espiritual y política de su tiempo. Quien lea a Darío únicamente como poeta corre el riesgo de empobrecerlo, quien lo lea como conciencia americana digna comienza, en cambio, a comprenderlo. Este mes de enero de 2026, sus hermanos masones lo recordamos.

Darío pertenece a esa estirpe rara de gigantes escritores que no escriben desde la comodidad del estilo, sino desde la inquietud de las circunstancias. Y sus circunstancias fueron la de una América joven, escindida entre la herencia cultural europea y la amenaza creciente del imperialismo inhumano de los norteamericanos; una América Latina que buscaba su voz sin haber consolidado todavía su poder.

Por lo anterior la pertenencia de Rubén Darío a la masonería no debe leerse como una anécdota biográfica ni como un mero gesto de sociabilidad intelectual, sino como la adhesión a una ética del pensamiento libre, laicista, digno, antiimperialista y humanista. En la masonería Darío encuentra un espacio simbólico donde la razón, la fraternidad y el progreso no son consignas vacías, sino aspiraciones morales.

Como los grandes de la historia Darío no se entiende aislado, sino proyectado en una misión histórica es un elegido, un iluminado. La masonería, para Darío, fue una escuela de responsabilidad cívica y de universalismo espiritual, un lugar desde el cual pensar a América Latina no como periferia, sino como proyecto civilizatorio inconcluso. Allí se afianza su rechazo a los dogmatismos y su desconfianza frente a toda forma de dominación que degrade la dignidad humana.

Si hay un texto que condensa la lucidez política de Darío es A Roosevelt. No es un exabrupto lírico ni una diatriba circunstancial; es un diagnóstico histórico. Darío comprende, antes que muchos, que el imperialismo norteamericano no es solo una expansión territorial, sino una forma de poder cultural, económico y simbólico que amenaza con desfigurar el alma de América Latina.

Aquí Darío se aproxima a que la preocupación no es únicamente el dominio externo, sino la debilidad interna, la falta de un proyecto propio. El poeta no se limita a denunciar al invasor; interpela a América misma, a su dispersión, a su ingenuidad, a su falta de conciencia histórica.

Su antiimperialismo no es visceral, sino trágico: sabe que la fuerza avanza cuando el espíritu se repliega. Por eso su crítica no se agota en Estados Unidos, sino que se extiende a la desarticulación cultural latinoamericana, a la ausencia de una voluntad común. Por eso el Darío revolucionario, libertario es tan importante mantenerlo vivo en la consciencia de nuestra nación.

De igual manera, el nacionalismo de Rubén Darío no es estrecho ni excluyente. No se funda en la negación del otro, sino en la afirmación de lo propio. Nicaragua, para Darío, no es una frontera administrativa, sino un punto de partida simbólico. Ama a su patria como se ama a una raíz, no como se idolatra una muralla. Abre los brazos amplios al mundo con la cultura como faro, pero exige respeto a los imperios de entonces.

Este nacionalismo dialoga con Europa sin someterse a ella, y se opone al imperialismo sin caer en el resentimiento. Darío entiende que una nación sin cultura es apenas una estadística, y que solo desde la afirmación espiritual puede sostenerse una verdadera soberanía.

En su pensamiento sabe que la nación es una empresa histórica, no una herencia pasiva. Y América Latina, para Darío, aún estaba y acaso sigue estando, en busca de esa luz. Veamos tanto silencio latinoamericano en la actual coyuntura geopolítica con el Águila del Norte despegando sus alas y apretando sus garras.

Más allá de Nicaragua, Rubén Darío piensa en clave continental. América Latina aparece en su obra como una comunidad espiritual, unida por la lengua, la historia y una sensibilidad común, aunque fracturada por intereses, caudillismos derechistas y dependencias externas.

Su latinismo no es nostalgia imperial ni romanticismo vacío; es una estrategia cultural de resistencia. Frente al pragmatismo anglosajón y al utilitarismo moderno, Darío opone la tradición humanista, la imaginación, la profundidad simbólica. No para negar la modernidad, sino para humanizarla.

Nuestro querido hermano, Rubén Darío, Héroe Nacional, intuye que el destino de los pueblos no se decide únicamente en los campos de batalla o en los tratados comerciales, sino en el horizonte que somos capaces de construir con espíritu de paz y bien.

MARCOS IGNACIO GRADIS
Soberano Gran Comendador del grado 33
CARLOS RODOLFO TORUÑO LÓPEZ
Muy Respetable Gran Maestro
RUDY JOSÉ ACEVEDO SILVA
Excelente Sumo Sacerdote del Real Arco